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4 Ene 2016

Decidido, quiero ser monitor de tiempo libre

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curso monitores tiempo libre

Era verano, el colegio había pasado y el tiempo jugaba a favor. Durante el curso había estado apuntado a judo, y el profesor le ofreció a mi madre la posibilidad de deshacerse de mí unas semanas. La cosa consistía en asistir a un campamento de verano alejado de la comodidad de siempre. Al principio la idea se me presentaba “arriesgada”, yo era tan solo un niño y jamás había estado separado de mi familia, de mi entorno, más de un día. Pero, por otro lado, esa sensación de aventura que surge cuando alguien sale de su zona de confort me llamaba poderosamente la atención. Al final aceptamos tal ofrecimiento. De pronto me vi montado en un bus camino de Dios sabe dónde y rodeado de una multitud de desconocidos. Nada podría salir mal.

En el trayecto, camuflados entre una masa humana e inmadura, se encontraban María y Sergio, una monitora y un monitor de tiempo libre. Dos individuos que parecían tener el control de la situación, eran como los “profes” de verano. Sin embargo, lejos de esa estricta línea que separa al docente del alumno -al menos en el colegio de monjas al que solía asistir-, aquellos dos jóvenes adultos parecían ser uno más, se interesaban por todos e incluso no rehusaban divertirse con nosotros.

Una vez llegados al campamento nos distribuyeron en distintos bunkers, diferenciados por sexo y edad. Forjamos las pertinentes amistades y grupillos, como ocurre en todos lados, y comenzó la aventura. En aquel lugar el “tiempo libre” no parecía serlo nunca. Siempre había algo que hacer entre actividades organizadas por los monitores -Marío y Sergio comandaban mi grupo- y juegos esporádicos que florecían de nuestras, por entonces, creativas mentes. Evidentemente, María y Sergio partían con ventaja. Tenían a su disposición un arsenal de materiales y planes listos para poner en práctica: tiro con arco, yincanas, competiciones deportivas, búsquedas en medio del bosque, música, artesanía, cocina… En aquellas dos semanas hice más cosas que a lo largo de los 8 años de vida que atesoraba por entonces.

Por supuesto, estas aventuras forjan amistades, producen anécdotas y gestan historias para el recuerdo. También, entre nosotros (como buenos homo sapiens) hubo conflictos y disputas que se saldaban con peleas de críos y castigos de adultos. A pesar de ello, el buen ambiente jamás se esfumaba. Al final la experiencia fue más que reconfortante y, acabado nuestro plazo de estancia, nadie quería abandonar el búnker. Todos queríamos ser monitor de tiempo libre. La vuelta en autobús fue más que nostálgica hasta que, una vez más, Sergio y María hicieron de ella algo divertido. Todo con un simple juego que incluía rotuladores, nuestras pieles y alguna que otra adivinanza. Al llegar a casa todos íbamos hasta arriba de tinta, pero con una sonrisa en la cara.

Ahora, pasada la veintena, estos recuerdos quedan muy lejanos. Quizás muchos de ellos ni siquiera existieron, sino que mi mente los ha ido moldeando hasta dar con algo que se les parece. Sin embargo, permanecen intactas las emociones, la aventura, la imagen de aquellos camaradas de búnker y la de nuestros “capitanes”: los monitores. Hoy, he pensado en ello y, qué diablos, ¿por qué no volver a vivirlo? Quizás mi infancia quede ya lejana, pero existe otra opción. ¿Por qué no ser Sergio? ¿Por qué no ser María? Crear esa sensación de plenitud en unos muchachos que están viviendo su propia aventura puede ser, incluso, mejor. Así que, ¿por qué no ser monitor de tiempo libre? Lo he decidido, este año me saco el curso y en verano me voy a un búnker a crear aventuras.

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